El Papa en el Angelus: San Pedro y San Pablo encarnan la unidad de la Iglesia en la diversidad
El Papa Leo XIV dirigió la oración del Angelus en la Plaza de San Pedro durante la Solemnidad de los Santos Pedro y Pablo, enfatizando la unidad y la diversidad en la Iglesia. Destacó los distintos orígenes de Pedro y Pablo, señalando cómo el Espíritu Santo los unió para difundir el Evangelio. El Papa reflexionó sobre el martirio de los apóstoles como sello del Nuevo Testamento y exhortó a que el poder sirva a la humanidad en lugar de dominarla. Instó a la Iglesia a reconocer su cátolicidad universal, fomentar encuentros fraternales y perseguir el diálogo ecuménico.
3 months ago
El Papa León XIV, en la celebración del Angelus del 29 de junio de 2026, recordó que San Pedro y San Pablo, a pesar de sus distintas procedencias y caracteres, fueron unidos por el Espíritu Santo para dar testimonio de la Iglesia, subrayando que esa diversidad es la base de la verdadera unidad cristiana. 1 Además, enfatizó que su martirio en Roma sella el Nuevo Testamento y muestra el amor de Dios, invitando a los fieles a seguir el llamado de Jesús desde cualquier lugar del mundo. 2
El Angelus, oración tradicional recitada tres veces al día, fue celebrado en la Plaza de San Pedro con la presencia de peregrinos bajo el calor romano. El Papa explicó que la fiesta recuerda el vínculo que une a la Iglesia de Roma con todas las demás comunidades cristianas “en comunión de fe y caridad”. 1
Leon XIV destacó que Pedro y Pablo diferían en origen, educación y personalidad, tanto antes como después de su llamado. Estas diferencias les permitieron proclamar el Evangelio con voces propias, convirtiéndose en símbolos de la diversidad que el Espíritu Santo reúne en un solo cuerpo. 1 2
Según el pontífice, el testimonio de los dos apóstoles dirige la presencia cristiana hacia el servicio a la vida humana y la reconciliación, rechazando cualquier forma de dominio. Su ejemplo invita a la Iglesia a fomentar encuentros fraternos y a evitar todo lo que erosione la comunión. 2
El Papa pidió que, a través de la intercesión de Pedro y Pablo, la Iglesia reconozca su “catolicidad”, es decir, la unidad universal en medio de la diversidad, y que continúe el camino ecuménico mediante un diálogo honesto y atento con todas las personas y pueblos. 1
En su homilía del Angelus, León XIV utilizó la figura de los apóstoles patronos de Roma para ilustrar cómo la Iglesia puede ser verdaderamente universal sin perder su riqueza interior, invitando a los fieles a vivir la fe con servicio, unidad y apertura al otro. 2
Analizar la unidad y diversidad apostólica en la Iglesia
La Iglesia vive una realidad profundamente “apostólica” y, al mismo tiempo, notablemente “diversa”. La unidad apostólica no consiste en uniformidad, sino en la misma confesión de fe, la misma comunión y la misma misión recibida de los Apóstoles; la diversidad apostólica se expresa en ministerios, carismas, culturas, expresiones litúrgicas y modelos eclesiales que ayudan a que el único Evangelio sea asimilado “en sus propias vidas y culturas”.
La unidad apostólica tiene una base teológica y espiritual: el mismo misterio de Cristo debe ser comunicado a todos, pero puede y debe ser expresado de múltiples maneras para ser realmente acogido.
La Comisión Teológica Internacional subraya que el misterio “es el mismo para todos” pero “debe ser presentado” para que cada pueblo pueda asimilarlo y celebrarlo en su vida; y afirma que “la Iglesia… comprende una gran diversidad de miembros” que reciben “la misma paz en unidad” sin perder lo que los hace “distintivos”.
En términos más pastorales, el punto no es “borrar diferencias”, sino dejar que la comunión sea “unidad dentro de la diversidad”. Esto reaparece explícitamente en el magisterio de san Pedro y san Pablo como paradigma de comunión apostólica en armonía real: su comunión “no elimina a nadie’s libertad” y es una “concordia… en la diversidad fecunda”.
Un error frecuente es imaginar que la unidad eclesial solo se ve cuando todo coincide sin tensión. Pero, a nivel apostólico, la historia muestra lo contrario: el discernimiento auténtico incluye discusión evangélica.
El Papa describe que Pedro y Pablo “estuvieron a veces en desacuerdo” y que incluso “se opusieron” en Antioquía, citando Gálatas, antes de que ambos caminos convergieran en la comunión por el Espíritu.
Ese dato teológico es crucial: la comunión no es la ausencia de fricción, sino la presencia de un principio superior (el Espíritu y la confesión común) que permite que las diferencias se vuelvan “puentes” en vez de rupturas.
La unidad apostólica no significa que “todo dependa de una sola persona”. Hay una diversidad de responsabilidades pastorales y de funciones dentro del testimonio apostólico.
El diálogo teológico citado en el material sobre los textos petrinos recalca que “responsabilidad… no se restringió a Pedro” y ofrece ejemplos: el lenguaje de “atar y desatar” se vincula también a la promesa para los discípulos, la fundación está relacionada con Pedro y también con el “cuerpo apostólico”, además de que Pablo aparece con una “preocupación por todas las iglesias”.
Además, se recuerda que en la comunidad apostólica hubo colaboración y toma de decisiones compartida entre Pedro, Santiago y Juan, llamados “columnas”, y también entre otros Apóstoles y líderes.
En clave de “diversidad apostólica”, esto significa: el apostolado tiene formas. La Iglesia no traiciona la unidad apostólica cuando reconoce legítimamente que la misión se distribuye entre distintos sujetos y funciones.
El mismo principio se aplica a la predicación y la liturgia en el mundo real. La Iglesia no “traduce” solo palabras: traduce (sin perder el contenido) símbolos, gestos, nociones y lenguajes que encarnan el misterio en cada cultura.
La Comisión Teológica Internacional indica que los pueblos expresan mediante su cultura “el significado que atribuyen a la vida” (símbolos, gestos, nociones y lenguajes), y por eso la misión de la Iglesia es imperiosa: permitir que el misterio de Cristo sea asimilado y celebrado dentro de marcos culturales concretos.
Esto se conecta con la idea de Pentecostés citada: el Espíritu “conserva todo en la unidad y conoce todas las lenguas”, lo que fundamenta que la unidad no aplana la diferencia, sino que la integra.
En las conversaciones sobre unidad, se subraya que en la primera época cristiana existieron “modelos organizativos” diferentes según contextos locales.
El material sobre “criterios del primer milenio” afirma que la diversidad de “modelos eclesiales” es una realidad a menudo subrayada, donde algunas Iglesias (por ejemplo, Alejandría y Roma) tenían principios internos distintos, y que esto “no necesariamente” es práctica que divida la Iglesia. Se afirma de modo positivo que “una cierta diversidad no solo debe esperarse en la vida de la Iglesia, sino que debe acogerse como sana”, y se cita explícitamente a Vaticano II: “Lejos de ser un obstáculo… una cierta diversidad de costumbres… añade a su esplendor y ayuda en su misión”.
Además, se introduce una forma de pensar la unidad doctrinal y práctica sin pedir identidad absoluta: en el diálogo ortodoxo-catolicismo se plantea si conviene un “consenso diferenciado” como metodología de servicio a la unidad de la Iglesia.
La diversidad eclesial necesita un principio de orden para no convertirse en fragmentación. Por eso se menciona la subsidiariedad: “lo que puede tratarse apropiadamente en un nivel inferior no debe elevarse a un nivel superior”.
En el material, se explica que la subsidiariedad es un principio importante si la primacía debe garantizar la participación de toda la Iglesia en el proceso de decisiones. Algunos diálogos aplican esto defendiendo que el poder del Obispo de Roma no debe exceder lo necesario para su ministerio de unidad universal y proponiendo una limitación voluntaria, aunque reconociendo que requiere suficiente autoridad para afrontar los desafíos de su misión.
Se añade una formulación muy concreta (en el mismo conjunto de citas): decisiones y actividades deben hacerse “en unidades más pequeñas” cuando sea posible, con participación lo más amplia posible del Pueblo de Dios; y se deben proteger los derechos de minorías y puntos de vista minoritarios dentro de la unidad de la fe.
En términos apostólicos: la misión universal no exige centralismo constante; requiere coordinación y comunión, sin asfixiar el genio propio de Iglesias locales.
En el diálogo de unidad se reconoce que hubo métodos históricos de “reunificación” que hoy no se aceptan como modelo a seguir. El material hace una lectura crítica del término ‘uniatism’.
Se afirma que la relación “puede ya no aceptarse” ni como método ni como modelo de la unidad que se busca.
A la vez, se distingue esa realidad histórica de la situación actual de las Iglesias católicas orientales, descritas como “un paradigma de unidad en diversidad” por su estatus sui iuris: mantienen autonomía dentro de estructuras sinodales.
Esta distinción es importante porque muestra que la Iglesia puede afirmar diversidad legítima dentro de la comunión, sin proponer como ideal una “unión” basada en prácticas que otros cristianos perciben como inaceptables.
El punto de convergencia, expresado con fuerza en el testimonio petrino-paulino, es que la comunión a la que el Señor llama es una unidad que no suprime personalidades, sino que las hace converger:
“La comunión… es unison of voices and personalities that does not eliminate anyone’s freedom… una armonía fecunda en la diversidad”.
Por eso la diversidad apostólica no es un añadido decorativo: es un medio por el que los carismas, regalos y ministerios, unidos a la confesión de una sola fe, avanzan la predicación del Evangelio.
La Iglesia entiende la unidad apostólica como comunión real en la misma fe, una fraternidad sostenida por el Espíritu y una misión única; y entiende la diversidad apostólica como legítima pluralidad de ministerios, culturas, lenguas, carismas y modelos eclesiales ordenados por principios como la subsidiariedad y (cuando se discute la primacía) por una lógica que busca participación y no mera centralización. En esa perspectiva, la meta no es “uniformidad”, sino unidad visible y evangelizadora en armonía con la diversidad.